Sobre la literalidad

 

El barométro del CIS del mes de julio arrojaba unos datos sorprendentes: sólo dos de cada diez españoles han leído El Quijote. Sin embargo, nuestra cima patria de la Literatura Universal es la obra que más aparece en las, suponemos polvorientas, librerías domésticas del globo, sólo en segunda posición por detrás de la Biblia.

Por el contrario, este desinterés hacia las desventuras del Caballero de la Triste Figura no exime de que casi cualquier persona con una mínima formación pueda reconocer distintos pasajes de la novela, como su recordadísimo comienzo o el episodio de los molinos de viento. Y hacemos hincapié en ese mínimo nivel académico porque, según los encuestados, el inicial interés hacia la obra de Cervantes se transforma en clara apatía más allá de los contenidos que son mostrados/exigidos en la escuela.

Otras cumbres de la literatura clásica, como La Ilíada de Homero o Hamlet, han consentido lógicas revisitaciones, adecuándose al griego moderno en la primera o el inglés en el caso de la obra de Shakespeare. Incluso también se ha adaptado La Divina Comedia de Dante, a pesar de que el dialecto toscano en que el fue escrita originalmente sirviera de base, debido a su popularidad, al italiano de hoy.

Y es en estas fechas, con motivo de los cuatrocientos años de la publicación de la segunda parte de la obra magna del de Alcalá de Henares (como ocurre con la nacionalidad de Colón, distintas regiones quieren atribuirse su lugar de nacimiento, pero las tesis más extendidas afirman que el descubridor era genovés, y Cervantes madrileño), que ha aparecido la que se considera como edición -nunca- definitiva del Quijote. Dirigida por el filólogo Francisco Rico y auspiciada por la Real Academia Española y el Instituto Cervantes, los 129 capítulos de la novela de caballerías se sumergen ahora en casi 2000 páginas con anotaciones, estudios, grabados y anexos de más de cincuenta especialistas.

Pero la verdadera secuela de este aniversario viene con la publicación, de la mano de Andrés Trapiello, de una modernización del Quijote cuya singularidad es su actualización al castellano de nuestros días. De esta forma, y a modo de ejemplo, se reinterpretan vocablos de su conocido comienzo como “hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua”, para leerse ahora de esta guisa: «En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, vivía no hace mucho un hidalgo de los de lanza ya olvidada, escudo antiguo, rocín flaco y galgo corredor».

Sin embargo, este afán de expansionismo literario motivado por la adecuación de la lectura no es novedad en nuestro país. Ya hace unos años hubo un intento de aproximación de las Sagradas Escrituras a la población más desfavorecida de la geografía madrileña traduciendo la Biblia al cheli, una jerga juvenil callejera relacionada con ciertos grupos sociales de rasgos contraculturales y marginales y que, cargada de casticismos, alcanzó su plenitud entre fines de los setenta y comienzos de los ochenta.

Es innegable que, aun sin extranjerismos o adopciones castellanizadas, el lenguaje evoluciona a diario. Y al margen de la percepción que de las “remasterizaciones” de clásicos puedan mantener los puristas de la Lengua, este tipo de producciones son dignas de aplauso, ya que acercan a un público menos especializado hitos de la literatura con la mayor fidelidad a la obra original gracias a la dedicación empleada en sus traducciones.

Para saber más:

La Biblioteca Nacional facilita el acceso a 3.300 ediciones diferentes de “El Quijote”. 

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