La economía en el lenguaje.

La vivida en los últimos años es una crisis de carácter globalizado que en el futuro se estudiará en los nuevos formatos de aprendizaje que sin duda sustituirán a los ya añejos libros de texto. En efecto, y aunque no sea a través de los manuales de Lázaro Carreter, este período histórico será objeto de estudio en las escuelas así que intentaremos, no obstante, emular al filológo y antiguo director de la Real Academia para poner nuestro desenfadado dardo en la palabra.

A vueltas con el lenguaje y sabedores de su importancia desde Dualia, no está de más comenzar por su génesis etimológico, aprovechando que los indicadores económicos insisten en que estamos de vuelta de ella. De este modo, la palabra “crisis” se acuña gracias al término griego krisis, un derivado del verbo krinein (separar, decidir): una crisis supone pues una alteración profunda del orden cotidiano, una ruptura de la normalidad establecida que implica un cambio que necesita ser analizado.

Esta crisis se ha traducido finalmente en una recesión económica a escala internacional que ha sobrepasado en magnitud y consecuencias a la conocida Gran Depresión de los años treinta; con ésta mantiene sin embargo un cierto paralelismo en nuestro país, ya que ha dejado a miles de personas que oscilan esa edad en la más absoluta incertidumbre.

Pero no sólo es el treintañero desorientado el único perjudicado de la crisis pues resulta paradójico que casi cualquier ciudadano de a pie, quizá en aras de una mayor economía del lenguaje, haya optado por reducir estos tiempos aciagos a una “crisis” a secas, y no a la gran crisis económica que es desde su concepción. De hecho, podremos entender de forma meridiana la adopción de este reduccionismo si atendemos a su primera acepción del DRAE: “Cambio brusco en el curso de una enfermedad” (normalmente de agravamiento). Y no es hasta la sexta acepción -“Escasez, carestía”- o la séptima -“Situación dificultosa o complicada”- que concebiremos la también insalubre idea general que mantenemos sobre el panorama actual.

El concepto “crisis” origina además otras nociones. Por un lado, la crítica, el análisis de alguien o de algo con el fin de emitir un juicio, y por otro, el criterio, entendido éste como un razonamiento adecuado o, siguiendo el DRAE, como “norma para conocer la verdad”. En suma, una situación de crisis nos obliga por definición a desengrasar la materia gris y desempolvar el rincón de pensar, produciendo análisis y reflexión. Estamos entonces ante dos conceptos, crítica y criterio, de gran significación, pero que hoy y debido a la misma idea de crisis, quedan muchas veces en entredicho.

Y es que la crisis ha coincidido en el tiempo con la consolidación de una Era de las Comunicaciones caracterizada, entre otros aspectos, por la exigente inmediatez en la difusión de los mensajes, un automatismo que no asegura ni rigor ni fiabilidad de la información. Y ha sido mediante la eclosión de la tertulia televisiva (el formato que más ha crecido en estos años debido a su bajo coste) que los receptores/espectadores que somos hemos asistido al renacimiento del debate, con la salvedad de que su nivel dialéctico también ha pasado por el tamiz de la austeridad, como se desprende de la supuesta erudición de su cuadrilla de repetitivos participantes, que a buen seguro nunca contaron los cuadernillos sepia entre sus lecturas de cabecera.

De este triste modo, la crítica y el criterio necesarios para iluminar estos tiempos oscuros se han limitado muchas veces al uso de clichés lingüísticos, como ocurre en la prensa deportiva, que eleva a los altares del hecho periodístico las opiniones de jóvenes cracks que sin conocer la crisis económica sí divulgan su pensamiento desacelerado. Pan de ayer y sesión doble de circo.

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